jueves, 5 de enero de 2012

Recuerdos.

Debo estar poniéndome vieja , me pongo nostálgica por momentos y mi mente trae a flote recuerdos de... no preguntes cuanto tiempo. Este, por ejemplo es de cuando nos fuimos a vivir a la ciudad de Rivera:
Mi padre era "blanco como gueso de bagual" así se definía entre risas y miradas traviesas, mientras en nuestro moderno combinado sonaban, al volúmen máximo, las notas de la Marcha Tres Arboles. Eso lograba que el Cabo Viejo (como le llamaba todo el barrio)comenzara a desfilar marcialmente por la cuadra, de esquina a esquina, ida y vuelta, para terminar luego con sus pobres huesos en el duro suelo de la vereda frente a su casa, donde podía llegar a permanecer varios días, "durmiendo la mona". Pero la imagen que tengo grabada en la memoria, es la de papá agachado junto a él, colocando en su frente una bolsa de hielo, o cubriéndole con una manta. Todos decían que estaba loco: el alcohol había causado estragos en su pobre cabeza, vivía en otro tiempo, luchaba en guerras pasadas, resucitaba al general Aparicio Saravia, con quien aseguraba haber compartido batallas, victorias, derrotas ... Todos le temían, de ahí que cuando parió su gata y oyeron que le pediría un gatito, más de uno intentara disuadirme de la idea ... pero con 5 años yo estaba decidida, no le tenía miedo, quizás estuviera aprendiendo a sentir pena, respeto, no sé, quizas y sin saberlo entonces, tuviera el deseo de demostrar que la soledad hace daño y que todos necesitamos de los demás para estar bien ... Volviendo a los hechos: la tarde que nos ocupa , mi hermano y yo fuimos a ver al Cabo Viejo, le pedí un gatito, él ofreció cambiármelo por un beso mientras con un dedo larguísimo señalaba una macilenta mejilla, a lo que accedí sin dudar. En ese momento vi la sonrisa más amplia y feliz de mi vida... y de ahí en más tuve dos nuevos amigos: mi gato "Vintén" y ... el Cabo Viejo.